Qué No es la Anarquía (por Larken Rose)

No te sorprendas demasiado si, después de aprender lo que "anarquía" significa realmente, terminas pensando: "¡Espera, eso es exactamente lo que quiero!"

Qué No es la Anarquía (por Larken Rose)

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Introducción

Si prestas atención a los medios de comunicación tradicionales, a las películas de Hollywood o a los analistas políticos de siempre, es probable que al escuchar la palabra “anarquista” pienses en una banda de vándalos con máscaras y bombas; sujetos violentos y resentidos que hacen todo lo posible por destruir la sociedad civilizada.

Hoy en día, quienes ostentan el poder político están haciendo grandes esfuerzos —inventando historias, instigando conflictos, etc.— para satanizar y distorsionar el verdadero significado del “anarquismo”. El propósito de este pequeño libro es contrarrestar esas manipulaciones y conceptos erróneos.

Independientemente de tu edad, nivel educativo, ingresos o posturas culturales o religiosas, no te sorprendas si, después de aprender lo que la “anarquía” significa realmente, terminas pensando: “¡Un momento, eso es exactamente lo que quiero!’’

QUÉ NO ES LA ANARQUÍA

Por Larken Rose, ilustrado por Poxodd


Muchas personas, al escuchar la palabra "anarquía", piensan en caos y desorden. Por lo tanto, asumen que cualquiera que se autodenomine "anarquista" debe estar a favor del descontrol y la violencia. Pero la realidad es exactamente lo opuesto.

Así como la palabra “monarquía” significa “gobierno de una sola persona”, la palabra “anarquía” literalmente solo significa “gobierno de nadie.Sin embargo, incluso esa idea —la de una sociedad sin gobierno— hace que algunos imaginen una existencia de tipo primitiva y salvaje, llena de conflictos violentos y carente de compasión u organización. Pero esa también es una imagen completamente errónea de lo que significa el anarquismo.

De hecho, la mayoría de las quejas sobre el anarquismo son el resultado de que la gente no entiende de qué trata realmente esta filosofía. La mayoría de quienes temen a la “anarquía” le temen a cosas que los anarquistas no quieren y no defienden.

Para ayudar a corregir tales malentendidos, usaremos el ejemplo de dos islas ficticias: Autoritania, donde hay una clase gobernante (gobierno), y Anarquia, donde no existe ningún tipo de clase gobernante. Estas nos servirán para ilustrar lo que la “anarquía” realmente significa y lo que no.

Una idea falsa muy común sobre la anarquía es que significa “cada quien por su cuenta” o “la supervivencia del más apto”; un escenario donde todos deben ser egoístas y autosuficientes, donde no hay cooperación ni organización real, y donde la gente se comporta como animales violentos y egoístas.

Esto proviene de la falsa suposición de que no puede haber orden o estructura en la sociedad sin un gobierno; de que, sin algún tipo de cuerpo político gobernante, las personas no podrían ni querrían encontrar formas de llevarse bien, cooperar y organizarse para el beneficio mutuo.

Pero en realidad, el gobierno nunca se trata de verdadera cooperación. Ya sea una república, una democracia, una dictadura o cualquier otra forma, el gobierno siempre constituye una clase gobernante que dicta órdenes llamadas “leyes” y utiliza la violencia para castigar a cualquiera que las desobedezca. Eso no es cooperación. Eso es dominación. Es un grupo imponiendo su voluntad sobre todos los demás y obligándolos a obedecer.

El gobierno obliga a la gente a financiar sus ideas por medio de los “impuestos”, y obliga a las personas a cooperar con sus planes por medio de “regulaciones” y “legislación”. En última instancia, ambas cosas son impuestas por hombres armados.

En contraste, la verdadera cooperación consiste en personas que trabajan juntas voluntariamente, por su propia cuenta, sin que nadie más las obligue. Y la gente ya hace esto, de miles de formas distintas cada día, sin que los políticos o los “agentes de la ley” hagan que suceda. Así que no, obviamente la cooperación no requiere la existencia del poder político.

Y aunque es cierto que el autoritarismo y el poder gubernamental pueden usarse para obligar a la gente a adoptar diversas formas de organización, eso no significa que las personas sean incapaces de organizarse sin ser forzadas, algo que obviamente ya hacen de muchas maneras.

De hecho, los ejemplos más productivos de organización ya son, por naturaleza, anárquicos. Considera, por ejemplo, tu tienda de comestibles favorita. Todos los involucrados en la operación enormemente compleja de cultivar, procesar, transportar, exhibir y vender alimentos participan voluntariamente.

Los clientes eligen dónde comprar y qué comprar, y todas las demás personas involucradas —camioneros, surtidores, cajeros, administradores, etc.— hacen las cosas a cambio de un pago. Este arreglo puramente voluntario permite un grado de organización y cooperación asombrosamente complejo sin que nadie sea obligado a participar. Esto es, literalmente, anarquía en acción.

En contraste, cada vez que el gobierno hace algo, un grupo muy pequeño de personas (políticos) propone una idea y obliga a todos los demás a aceptarla. En la versión autoritaria de un supermercado, la clase gobernante le diría a la gente qué producir y cuánto, y le diría a los clientes qué deben comprar y cuánto deben pagar por ello. Cualquiera que no cumpliera sería castigado de alguna manera. Así es como el gobierno siempre hace las cosas.

(Algunos anarquistas prefieren el término “voluntarista”, porque la filosofía se basa en la idea de que todo comportamiento humano debe fundamentarse en la interacción voluntaria, no en la fuerza).

Otra suposición común pero incorrecta es que, si no hubiera gobierno, la gente no tendría forma de defenderse contra criminales o invasores extranjeros. Pero uno no necesita una placa o una “autoridad” especial para tener el derecho de defenderse a sí mismo o a otros contra atacantes y ladrones.

Todos ya tienen el derecho de usar la fuerza defensiva, ya sea por cuenta propia o junto a otros para protección mutua. Anarquía significa que nadie tiene el derecho de mandar (es decir, nadie tiene derechos especiales); NO significa que las personas no puedan unirse para ejercer derechos que todos ya poseen. En una sociedad sin Estado, incluso los protectores profesionales tendrían únicamente los mismos derechos que todos los demás.

Otra preocupación que tienen algunas personas es que, si no hubiera gobierno, surgirían pequeñas bandas privadas para robar, oprimir y esclavizar a la gente. Hay un par de razones por las que este temor es desacertado.

En primer lugar, incluso las pandillas callejeras privadas y el crimen organizado de hoy existen principalmente debido al gobierno, no a pesar de él. Observa cuántas pandillas hoy obtienen su financiamiento del comercio en “mercados negros” ilegales —drogas, apuestas, inmigración ilegal, prostitución, armas, etc.— los cuales son muy lucrativos, así como muy peligrosos, debido a las “leyes” del gobierno. En una sociedad libre, los matones y ladrones —individualmente o en bandas— no tendrían “mercados negros” de los cuales apoderarse.

Más importante aún, las personas que temen que sin un gobierno los “señores de la guerra” tomarían el control, están ignorando cuánto importa la percepción de la gente. Una banda criminal que todos reconocen como ilegítima e inmoral tiene mucho menos poder que una banda cuya agresión se percibe como legítima y “legal” —cuyas órdenes y exigencias se llaman “leyes” e “impuestos”, y donde cualquiera que desobedezca es visto como un “criminal”

En otras palabras, es mucho más probable que una población sea oprimida por una banda que la gente misma imagina que tiene el derecho de mandar, que por una banda que todos saben que es mala y a la que todos se sentirían perfectamente justificados de desobedecer y resistir, incluso por la fuerza.

Imagina a una banda privada tratando de hacer lo que el gobierno hace ahora —extorsionar y mangonear a todo el mundo— pero imagina que intentaran eso sin ningún aura de autoridad legal. Luego imagina cómo respondería una población bien armada. La banda fracasaría, rápida y dramáticamente, y todos los que se resistieran a ellos serían vistos como héroes justicieros.

Pero cuando la gente se siente moralmente obligada a obedecer las “leyes” de los políticos, cualquiera que se resista es visto como un “criminal” o un “evasor de impuestos”, incluso por sus propios amigos y vecinos. La mayoría de la gente ve la dominación del gobierno como algo necesario y válido, y por eso cooperan con su propia victimización.

Es por eso que el gobierno se sale con la suya con mucha más opresión y extorsión de lo que las bandas privadas jamás podrían: porque la mayoría de las víctimas de la matonería y el robo “legal” lo ven como algo necesario y legítimo. Millones de personas toleran la confiscación de una enorme parte de sus ganancias y toleran que muchas de sus decisiones y comportamientos sean limitados y controlados por la fuerza mediante la “legislación”, siempre y cuando quienes den las órdenes sean vistos como una autoridad política legítima.

Pero en una situación donde la gente no acepta la idea de que alguien más tiene el derecho moral de robarles y gobernarlos, la gente deja de cooperar y comienza a resistir.

La presencia del gobierno aumenta drásticamente las posibilidades de que la gente sea robada; de hecho, las aumenta al 100%, ya que cada gobierno cobra “impuestos” a la gente que pretende “representar”. Mientras tanto, la falta de una clase gobernante autoritaria hace que la gente sea mucho menos susceptible a ser extorsionada y dominada, y mucho más propensa a desobedecer y resistir a cualquier aspirante a ladrón o matón.

Dicho de otra manera: los señores de la guerra ya tomaron el poder, se llamaron a sí mismos “gobierno” y convencieron a sus víctimas de que era justo y necesario que ellos dominaran y explotaran a todos los demás “por su propio bien”.

Confiar en el gobierno para prevenir el robo y la opresión es completamente ridículo, ya que el gobierno es el matón y ladrón más grande que existe, confiscando mucha más riqueza que todos los demás estafadores y criminales combinados.

Y la “protección” del gobierno es siempre hipócrita. Los “agentes de la ley” gubernamentales pueden a veces encontrar y encerrar a algunos matones y ladrones privados, pero cada gobierno también comete robo y extorsión “legalizados” por sí mismo y los llama “impuestos”, mientras insiste en que necesita hacer eso para proteger a la gente del robo y la extorsión. Por muy absurdamente evidente que sea eso, la mayoría de la gente todavía lo acepta sin cuestionar.

Cuando alguien considera por primera vez la idea de una sociedad sin Estado, también puede preocuparse de que las personas que son verdaderamente maliciosas, destructivas y sociópatas (y existen tales personas en el mundo) estarían libres para hacer lo que les plazca, sin nadie que las detenga. Pero esta preocupación se basa nuevamente en un malentendido básico de la naturaleza humana.

Las personas que están dispuestas a victimizar a otros, por su propia naturaleza, no se preocupan por la moralidad o el bien y el mal. No les importa si lo que hacen es correcto, y tampoco les importa si lo que hacen es legal. Solo les importa si pueden salirse con la suya al dañar a otros.

En algunos casos, un aspirante a estafador o matón podría ser disuadido o detenido por la fuerza (o por la amenaza de la fuerza), ya sea por alguien con una placa o por alguien sin ella. Lo que hace que esta disuasión funcione no es la legislación ni las placas oficiales, sino la simple amenaza de daño al delincuente.

A un sociópata no le importan las leyes ni las reglas sociales; solo le importa evitar el dolor y las dificultades para sí mismo. Y eso es cierto independientemente de si el gobierno existe o no. No hay diferencia si la amenaza proviene de la policía, de otro ciudadano o incluso de otro criminal.

Desalentar a las personas desagradables de lastimar a otros no requiere de una “autoridad” especial, solo de la capacidad y la voluntad de usar la fuerza defensiva. Si el objetivo de un aspirante a asaltante de autos saca un arma, al asaltante no le importa si esa persona tiene una placa o si hay una “ley” contra el robo de vehículos.

Sin una clase gobernante, las personas decentes seguirían teniendo todos los incentivos, la capacidad y el derecho de organizarse y cooperar para defenderse contra matones y ladrones, y no necesitarían ninguna placa, título oficial, “legislación” ni derechos especiales para hacerlo. Y, como ocurre con cualquier servicio, la gente puede contratar a otros para ayudar con la protección; no es necesario que cada persona lo haga por sí misma.

Ahora, algunas personas podrían asumir que si la gente se organiza para la protección y defensa mutua, entonces eso es un gobierno. Pero ese no es el caso en absoluto. La autoridad política no se trata de personas que se unen para hacer algo que todos ya tienen el derecho de hacer; la autoridad política se trata de un grupo de personas que reclama el derecho de hacer cosas que las personas normales no tienen derecho a hacer, como cobrar impuestos y controlar a todos los demás.

La defensa organizada puede ser muy eficaz sin que nadie reclame un derecho especial a mandar; en otras palabras, sin tener ninguna “autoridad” especial y sin ser un gobierno.

Incluso cuando hay gobierno, siguen existiendo ladrones y matones independientes a quienes, de todos modos, las leyes de los políticos no logran disuadir. Pero la ironía máxima es que, mientras tantas personas esperan que el gobierno las proteja de los criminales comunes, el gobierno mismo termina siendo siempre el mayor matón y ladrón de la zona.

Para ser francos, crear una banda enorme —una demasiado grande y poderosa como para que la persona promedio pueda resistirse— y darle permiso social para controlar y extorsionar a todos los demás (a través de la “ley” y los “impuestos”), con la esperanza de que esa banda prevenga el robo y la matonería, es una idea completamente absurda.

Otra objeción común a la idea de una sociedad sin Estado (un mundo sin gobierno) es la noción de que, si no fuera por un grupo de “legisladores” que nos dijera cómo comportarnos, todos nos comportaríamos como animales estúpidos, irresponsables y violentos.

Esta afirmación implica una de dos cosas: o nosotros, la gente común, no tenemos idea de qué es lo correcto y lo incorrecto hasta que los políticos nos lo dicen, o la única razón por la que queremos hacer lo correcto y coexistir pacíficamente es porque los políticos nos lo ordenan. Un rápido examen de tus propias motivaciones y comportamientos demuestra que ninguna de esas dos cosas es realmente cierta.

Argumentar que solo el gobierno puede hacer que la gente se comporte de manera civilizada es particularmente extraño en una sociedad donde los políticos son elegidos mediante el voto. Si la gente misma no tiene código moral ni conciencia y solo son animales estúpidos y violentos, ¿por qué casi todo el mundo quiere que el gobierno mantenga la paz y proteja a los inocentes?

¿Acaso una población de personas viles, despiadadas y malvadas intentaría elegir a personas buenas para mantener a raya a los malos? Obviamente no. La bondad humana y el deseo de orden y paz ya provienen de la gente, no de los “legisladores” por los que votan.

Lo mismo ocurre con todo lo demás que hace el gobierno. Si las personas son tan cortoplacistas y egoístas que no se puede confiar en que se organicen voluntariamente y financien lo que consideren importante, entonces ¿cómo se puede confiar en esas mismas personas para decidir quién debe estar en el poder? La implicación es que no se puede confiar en que la persona promedio dirija su propia vida, pero sí se puede confiar en que elija a alguien para dirigir la vida de todos los demás.

Argumentar que el gobierno es necesario para mantener la paz y la civilización en la sociedad es afirmar que las personas comunes están ansiosas por cometer el mal, pero que al mismo tiempo están ansiosas por votar por políticos que las detengan por la fuerza.

Contrario a lo que se nos enseñó a la mayoría, el gobierno y la política no son, en absoluto, una influencia civilizadora. De hecho, la autoridad política es la archienemiga de la coexistencia pacífica.

Personas que nunca robarían personalmente a sus vecinos votan constantemente para que el gobierno lo haga por ellas. Personas que jamás soñarían con intentar controlar cada detalle de la vida de sus vecinos piensan que está muy bien pedirle a los políticos que hagan exactamente eso. El juego de la política alienta constantemente a las personas a usar la violencia del Estado para robar y controlar a otros, sin ningún riesgo ni sentimiento de culpa para quien vota para que eso suceda.

El gobierno, en lugar de servir como un freno contra las imperfecciones de nuestra naturaleza, lo que hace es amplificar drásticamente nuestra codicia, resentimiento, irresponsabilidad y malicia, al darnos una forma “legal” y libre de riesgo para interferir por la fuerza en las vidas y elecciones de nuestros semejantes. En resumen, la política saca a relucir al bravucón y al metiche que todos llevamos dentro.

En contraste, sin una clase gobernante, la gente no estaría pidiendo eternamente a los “legisladores” que interfieran en la vida de sus vecinos, y los matones y ladrones no podrían negar la responsabilidad de sus actos malvados diciendo que solo estaban siguiendo órdenes.

A lo largo de la historia, quienes han actuado en nombre de la “autoridad” han cometido mucho más robo, asalto, opresión e incluso asesinato que cualquier otra persona. Incluso personas básicamente buenas, cuando creen en el gobierno, aprueban cosas que saben que estarían mal si las hicieran por su cuenta.

La mayoría de la gente sabe que el robo y el asalto son malos, pero imaginan que controlar a sus vecinos y obligarlos a pagar por cosas que no quieren está perfectamente bien cuando se hace a través del proceso político. Lo que está mal se convierte en “correcto” cuando se le llama “impuestos”, “legislación”, “regulación” y “guerra”.

Los anarquistas lo saben mejor. Saben que la sociedad humana nunca será perfecta, pero que sería mucho mejor si los actos malvados fueran cometidos solo por personas genuinamente desagradables y sociópatas, en lugar de ser defendidos y cometidos por millones de personas básicamente buenas a quienes se les ha enseñado a creer que la agresión es moralmente aceptable cuando se le llama “impuestos”, “cumplimiento de la ley” y “defensa nacional”.

Usándote a ti mismo como ejemplo: ¿cuántas cosas has votado para que el gobierno les haga a tus vecinos que tú sabes que no tendrías derecho moral de hacerles personalmente?

El principio fundamental del voluntarismo (un término más específico para el anarquismo) es muy simple: está mal iniciar el uso de la fuerza contra cualquier otra persona, sin importar placas, leyes o supuesta autoridad. El único momento en que el uso de la fuerza está justificado es para defenderse de una agresión. (Esto se conoce como el Principio de No Agresión o PNA).

La gran mayoría de las personas ya entiende esto a nivel personal, pero se les ha enseñado que esta regla básica de convivencia social no se aplica cuando se trata del juego de la política y el gobierno. Sin vergüenza ni culpa, todo el que vota le pide a la clase gobernante que haga cosas a sus vecinos que él sabe que estarían mal si las hiciera por sí mismo.

La mayoría de la gente sabe cómo llevarse bien y desea una sociedad pacífica y justa. Renunciar a la creencia en el gobierno no convierte repentinamente a alguien en un animal violento, porque nuestra moralidad no proviene de la legislación, y nuestra capacidad de organizarnos y cooperar no proviene de ninguna clase gobernante.

Nuestra capacidad, derecho y deseo de ser productivos, de ayudarnos mutuamente, de proteger al inocente y de detener al malvado, no provienen del gobierno. De hecho, son amenazados por el gobierno más que por cualquier otra cosa. Realmente, la mayor parte de la injusticia, la opresión y el conflicto —la mayor parte de la “inhumanidad del hombre hacia el hombre”— es un resultado directo del poder político autoritario.

Contrario a lo que fingen los políticos, las clases gobernantes no producen una coexistencia pacífica. En cambio, causan intencionalmente conflictos y violencia perpetuos, explotando nuestra compasión, virtud y buenas intenciones para convertirlas en riqueza y poder para las peores personas del mundo, mientras aplastan la libertad y la prosperidad de todos los demás.

Por supuesto, las personas que más se benefician del negocio de la política harán todo lo posible para convencerte de que es una necesidad social. Pero pregúntate esto: ¿las miles de leyes, regulaciones e impuestos que se te han impuesto te han hecho una persona mejor, más productiva y más solidaria?

¿Está el mundo mejor con los políticos quitándote tu dinero y diciéndote cómo vivir tu vida? ¿O estarían mejor las cosas si se te permitiera gastar tu propio dinero y tomar tus propias decisiones? ¿Es la sociedad realmente mejor servida por una pequeña clase de personas que impone por la fuerza un plan maestro centralizado a todos los demás? ¿Pueden las órdenes y amenazas de una clase gobernante hacer del mundo lo que debería ser? ¿O estaría la sociedad mejor servida por la libertad, el respeto a los derechos individuales, la cooperación voluntaria y la organización pacífica? Si esta segunda opción te suena mejor, tal vez deberías aprender más sobre el anarquismo y el voluntarismo.

Las personas no son perfectas, y algunas son francamente maliciosas y peligrosas. Algunos ven erróneamente al anarquismo como una idea utópica que solo funcionaría si todos fueran generosos y compasivos. Pero, si la gente es demasiado estúpida, codiciosa y malvada para ser libre, ¿no es también demasiado estúpida, codiciosa y malvada para que se le confíe el poder? Si no confías en que un extraño tenga el control de su propia vida, ¿por qué confiarías en que tenga el control de la tuya?

Ya sea que las personas sean inherentemente buenas, inherentemente malas, o un poco de ambas, darle a un grupo pequeño de personas el poder y el control sobre todos los demás nunca es la respuesta.

Muchos siguen insistiendo: “¡Necesitamos al gobierno porque no se puede confiar en la gente!”, como si el gobierno fuera algo distinto a personas (algunas de las peores personas que existen, de hecho). Y muchos todavía creen que la obediencia a la autoridad es lo que nos hace civilizados, cuando en realidad hace lo contrario. Se ha cometido mucho más mal en nombre de la “ley” y la “autoridad” que el que se ha cometido a pesar de ellas.

La ironía máxima es que la mayoría de la gente todavía espera desesperadamente lograr una sociedad justa, libre y próspera a través de la misma institución que ha sido responsable de más robos, matonería, extorsión, terrorismo, tortura y asesinatos que todas las demás combinadas: el “gobierno”.

Todo el mundo sabe que los gobiernos pueden ser corruptos, abusivos, ineficientes, contraproducentes e incluso tiránicos. Pero la mayoría de la gente todavía asume que, si tan solo las personas adecuadas estuvieran a cargo, eso solucionaría el problema.

Sin embargo, una y otra vez, sin importar quién esté en el poder y sin importar el arreglo o estructura particular del poder político —una democracia, una república, una dictadura, un colectivo, etc.—, la historia ha demostrado que el poder corrompe, y que la libertad conduce mucho más a la paz y la prosperidad que cualquier solución política que haya existido, pudiera existir o existirá jamás.

La humanidad ha pasado siglos intentando crear una buena sociedad usando diferentes tipos de clases gobernantes, diferentes tipos de estructuras legales, diferentes formas de elegir gobernantes, y así sucesivamente. Pero, sin excepción, cada construcción gubernamental autoritaria ha resultado en libertad y riquezas para unos pocos, y opresión, violencia y pobreza para otros.

¿Qué pasaría si, en lugar de decidir cómo debe ser el trono y quién debe sentarse en él, todas las personas de buena voluntad adoptaran el principio de no agresión? ¿Qué pasaría si, en lugar de buscar que una clase gobernante imponga por la fuerza nuestros valores a la sociedad, adoptáramos el concepto de la propiedad de uno mismo?

En pocas palabras, los anarquistas quieren que tengas el control total sobre tus decisiones, tu dinero y tu vida. Mientras no utilices la fuerza o el fraude para causar daño a otros, quieren que tengas libertad absoluta. Lo único que piden es que los trates de la misma manera.

Estos principios son simples y obvios, hasta el punto de ser evidentes por sí mismos. Y, sin embargo, se oponen diametralmente a los principios autoritarios que nos han enseñado a la mayoría.

Al final del día, debes elegir qué es lo que quieres: una coexistencia pacífica entre iguales (anarquismo), o una dominación autoritaria, con unos gobernando sobre todos los demás (”gobierno”). Ambos son mutuamente excluyentes.

A pesar de lo que los aspirantes a gobernantes quieran hacerte creer, el anarquismo no significa caos y violencia, ni "cada quien por su cuenta"; y no tener gobierno no significa no tener moralidad, ni organización, ni cooperación. En términos sencillos, el anarquismo significa que nadie es tu amo y nadie es tu esclavo. Y eso es todo lo que significa.


Para una comprensión más profunda de por qué una sociedad sin Estado —basada en la cooperación y organización voluntaria en lugar de la fuerza gubernamental y el control autoritario— es la única opción moral o racional, lee The Most Dangerous Superstition.

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Qué no es la anarquía: un breve panfleto de Larken Rose —autor de The Most Dangerous Superstition— que desglosa los conceptos erróneos populares sobre la anarquía y el voluntarismo. La anarquía no se trata de violencia, caos, distopía, comunismo ni de nada de lo que el sistema de propaganda del crimen organizado quiera hacerte creer. Si alguna vez has querido darle a un amigo o familiar un breve tratado sobre los fundamentos de la anarquía y el voluntarismo, ¡es este!

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